Carta a la ansiedad
- Adriana Prieto Ortiz
- hace 39 minutos
- 3 Min. de lectura
Entonces... ¿qué se hace?, cuando hay una sensación de presión constante en tu pecho. Ya no sabes si apareció un día o siempre ha estado ahí, pero aprendiste a ignorarla entonces se te olvida por momentos. Cuando hay una constante de pensamientos, muchos pensamientos, apareciendo e intensificándose. Volviéndose tan reales que es difícil no escucharlos o no darles importancia. El ruido exterior, siempre hablando y despertando esta comparación y dudas sobre ti... ¿estoy haciendo lo correcto? ¿realmente quiero esto? ¿debería dejarlo todo e irme a vivir a otro lugar?
Y al mismo tiempo tic toc, el tiempo no para de correr, de llegar, de seguir pasando. Tic toc. ¿Qué vas a hacer? Ya no hay tiempo tic toc.
A veces así se siente la ansiedad.
Como todas las emociones, es también una mensajera. Quiere decir algo, algo que en la forma de vivir no está funcionando, pero es difícil escuchar mensajes sutiles y bajos cuando son más los ruidos fuertes. ¿Cómo voy a escuchar lo que siento si me abruma conectar con ello? No se puede escuchar el mensaje a menos de que haya suficiente espacio para poder escucharlo, y ese espacio internamente se puede ver más bien como una aceptación. Dejar de resistirte a lo que pasa internamente. Dejar de querer encajar en moldes impuestos de cómo se debe de ser, de sentir, de pensar, de soñar. Pero hay tanta presión por querer pertenecer, por ser alguien y ser exitoso, por que se sientan orgullosos de quien eres. No nos damos cuenta que esas emociones nos van guiando a un camino con muchas desilusiones. Al ir descubriendo que el ser lo que esperan de ti, no es necesariamente lo que a ti te hace sentido. Que esas ganas de querer “llenar” vienen desde una herida que aún duele, y de que existe una herida colectiva de querer sentirnos amados y parte de algo.
Lo curioso es que para poder existir como ser humano, requerimos conexión. Ya eres parte de algo. Pero quizás ese algo está relacionado a lo que duele, no a lo que hace sentido y coherencia.
Para poder aliviar algo que duele, no se va a hacer a través de evadirlo y construir sobre esa herida. Aliviar la herida realmente requiere que deje de doler. Requiere sobre pasar el miedo, tristeza, excesos y carencias relacionados a ello. Y aunque la vida misma va haciendo ese trabajo y presentando oportunidades una y otra vez para elegir con más consciencia, el proceso se vuelve complicado cuando no nos damos cuenta. Estar tan metidos en el la tormenta que es difícil, sino imposible, ver en donde no está cayendo agua. Se requiere distanciarte, para poder observarte. Se requiere dejarte sentir, con esa aceptación de la que te hablo antes. Las emociones se van volviendo más llevaderas y pasajeras cuando deja de haber resistencia con ellas. En caso de que no lo supieras, nadie experimenta la vida de la misma manera que tú. Te toca darle sentido a eso que pasa, a eso que piensas y que percibes.
Las emociones no son malas… ni buenas. Sólo son estados. Estados que se cultivan y que mandan señales. Las emociones son la conexión hacia tu cuerpo. Hacia procesos más profundos como son los sentimientos. Las emociones son información, a veces de tu historia, a veces del entorno, a veces de otras personas. Somos seres sensibles y profundos. Más conectados, mucho más conectados de lo que reconocemos. No vamos a poder entenderlo todo, pero si podemos darle sentido. Integrarlo, procesarlo y vivirlo. Al final, conectar con la experiencia que vivir implica.


Comentarios